Caen los párpados tras un día prolongado y extenuante, los pensamientos se atropellan y luchan con el silencio por un protagonismo altivo pero corto. Toda mi mente dedicada a ese solo recuerdo, a esa mirada silenciosa, a ese violeta filtrándose por la ventana, a ese árbol solitario, a esa risa escandalosa, a ese recuerdo fabricado sobre un futuro cercano. Mi mente aglutinando las voces sordas que no median, las palabras sinsentido, las frases sueltas. Mi mente recordando sin querer, y luego cuestionando los recuerdos, y luego olvidando sin querer. Te recordé un instante, sin duda, pero he olvidado tu mirada que recorre ahora estas palabras lanzadas al azar. Creo que te recordé justo tras el maullido, pero el ruido del gato en el tejado fue mayor que tu silencio, y te olvidé. Destello rosa, soledades aumentadas en el infinito de las ausencias, y vuelven las voces, ¡así no podré dormir! Los ojos se abren para encontrar el mismo silencio oscuro que antes, un silencio oscuro inespesperado, pero incondicional. Cierro los ojos. Un sueño que había olvidado, un recuerdo de infancia, un momento feliz hace algunas horas. Una botella de vino, y que buen queso, y que gusto estar presente. Un saludo desprevenido entre el ¿cómo sería si... ? y el ¡carajo, debí! Ya me quité los lentes, ya apagué los equipos, todo está en orden. Los recuerdos se agolpan y ninguno se concreta. Más que recuerdos, parecen olvidos asomados a la ventana, esperando su turno de ser oídos. Un prado verde hermoso, quisiera estar allí justo ahora que le veo pasar sin advertir mi presencia, me mira, una mirada en medio de la oscuridad, un sonido lejano, el otoño sobre el concreto, un tren. Una esperanza, una flor, un silencio prolongado y luminoso, algún otro pensamiento nublado.
La siguiente es una declaración que puede herir susceptibilidades o causar molestias en quienes, apegados a una institución, sientan con esta una agresión o un ataque a sus ideales.
Hoy se me ocurrió una pregunta de tan difícil respuesta que me fue irresistible la redacción de un texto, solo para evitar responder con la verdad la próxima vez que me lo pregunten: ¿Qué haces en la vida?
Difícilmente lograré compendiar una respuesta sistemática, pero bien podría listar algunas cosas. Leo, y gusto de ello con un placer especial. Leo a Borges siempre entre libros, o entre capítulos o entre líneas. Para lo otro las restricciones son pocas, de autoayuda habré leído un libro, ejercicio que dudo repita; en más, no tengo prejuicios. Gustó así de las encíclicas religiosas (Deus caritas est, por ejemplo, que no dudo en recomendar) como de la literatura científica, en la que los temas biológicos me atraen particularmente.
También debo confesar mi debilidad por la música, la oigo con frecuencia, con más prejuicios que en la literatura pero con pocas reservas. Gusto especialmente de los sonidos argentinos (quizá por coincidencia, como de sus letras, aunque prefiero creer en parte por un afán romántico que las coincidencias no existen) mucho más que de los de distinto origen, aunque también aprendí a amar los colombianos gracias, en parte, a dos mujeres: Totó la momposina y Marta Gómez. No hace falta que confiese mi ignorancia en el tema musical, por lo cual me permito restringirme a 3 orígenes más, sin que a estos se restrinja realmente mi discoteca de favoritos: Brasil, Inglaterra y Yugoslavia.
Las actividades de un hombre feliz bien podrían restringirse a estas dos, añadiendo claro las actividades fundamentales para un hombre sano. Quizá para alimentar el ego, o quizá para desahogar las ideas, sin embargo, añado la rutina (la expresión es excesiva) de la escritura. Algunas veces solo garabateo un papel cuyo destino primero es el bote. Otras, cada vez menos frecuentes, dedico mis palabras, que extrañamente son bien recibidas casi siempre. Las más, escribo frente al ordenador. Esta es una tarea que empecé hace un tiempo, publicando a lectores azarosos. Los comentarios peligrosa y, muchas veces, injustamente benevolentes inflaron mi vanidad hasta hacerme publicar con alguna frecuencia durante un tiempo. Aunque quizá no fue la vanidad sino la necesidad de leer palabras tan hermosas y sencillas los que me lleva a publicar, a ver si arranco algún otro comentario.
Y eso es lo que hago, con omisiones muchas. Por lo demás, mi tiempo libre lo reparto entre el estudio de la biología (que es, de todas las tareas, la que más tiempo me requiere, no sin satisfacciones incontables y alegrías innombrables), la visita a museos y galerías (menos frecuente desde que inicié mis estudios universitarios), el ocio (me fue imposible etiquetar diferente el tiempo que gasto con mis amigos, tomando una cerveza, conociendo bares, viendo televisión; aunque la palabra es injusta) y la lectura de diarios, costumbre que me place aunque me es imposible sustentar la razón.
¿Y tú, qué haces en la vida?
Patente en el ambiente he encontrado ¿Cuánto dura un blog?
He leído los blogs de siempre sin desatrazarme. He conocido de ausencias documentadadas sin vivirlas mías, aunque les lea de cerca. No he leído los comentarios ni he escrito nuevos para entrar de a pocos, para aclimatarme de nuevo, para recordar sin prisa, para que los olvidos no se desgarren de raíz.
Ignoro cuántas sonrisas me han arrancado los posts que hoy leí, migu, loca, laura, eMe, el señor futuro, minerva. Solo en uno me desatracé, con el máximo esfuerzo para evitar releer post antiguos (es difícil despegarse de la lectura de ese blog, pero había aún muchos por leer): micro-latencia. Aún en el suyo pasé por alto los comentarios, siempre ricos en besos.
Es extraño, en este punto solo escribo, sin razón, sin objeto, casi sin palabras. Es extraño cómo sentarme frente a la coctelera me transporta a un recuerdo cotidiano. Es extraño cómo frente a mi blog no evito listar cosas; por ejemplo, lo que es extraño.
Como siempre, ignoro los lectores que se asomen por este rincón. Máxime cuando he evitado sistemáticamente dejar comentarios. La razón de mi ausencia?: Tema para otro post.
A quien corresponda: Un beso y/o un abrazo.
Imágenes: Mi memoria, no la encontré en google.
Seis son los valles que hay que atravesar
seis son los mares que hay que conquistar
seis los recuerdos que me hacen llorar
seis los secretos que te voy a contar.
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Seis son las flores que yo puedo ver
seis tus sentidos al nacer mujer
seis son los años que te he visto a tí
sembrar los sueños cada atardecer.
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Seis los latidos de tu corazón
seis las historias que te hacen reir
y por esa risa vivo yo
y si te canto hoy recordarás
porque a partir de hoy empezarás
a tener mil recuerdos que contar.
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CHORUS
Seis, y empiezo a imaginar
seis y te vuelvo a extrañar
seis, y me pongo a pensar
que seis tuve cuando empecé a recordar
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Seis nuestras manos juntas al jugar
seis las estrellas que puedo mirar
seis son los besos que te voy a dar
cada minuto que te vuelva a ver.
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Y cuando se me acabe esta canción
entonces yo te invento otras seis más
mientras me queden fuerzas pa'cantar
a tí te pertenecerá mi voz
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Vallenato (Colombian rhythm)
Music and Words by Marta Gómez, 2003.
defenderla del caos y de las pesadillas
de la ajada miseria y de los miserables
de las ausencias breves y las definitivas
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defender la alegría como un atributo
defenderla del pasmo y de las anestesias
de los pocos neutrales y los muchos neutrones
de los graves diagnósticos y de las escopetas
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defender la alegría como un estandarte
defenderla del rayo y la melancolía
de los males endémicos y de los acedémicos
del rufián caballero y del oportunista
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defender la alegría como una certidumbre
defenderla a pesar de dios y de la muerte
de los parcos suicidas y de los homicidas
y del dolor de estar absurdamente alegres
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defender la alegría como algo inevitable
defenderla del mar y las lágrimas tibias
de las buenas costumbres y de los apellidos
del azar y también
también de la alegría
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Mario Benedetti
Se nota en mi alma la época de festival. No habiéndo disminuído "el calor del corazón emocionado", ahora la música se ha encargado de imprimir en mi rostro una sonrisa que ya lleva 24 horas y promete muchas más.
Mi noche dió inicio a manos de la siempre hermosa Marta Gómez. No pude sentir mayor grado de alegría, no la emoción insulsa de un fan, sino la felicidad que sus letras, sus músicas, sus bailes y sus goces en el escenario fabrican.
Cada canción hacía más hermosa la noche, y justo cuando, tras 11 canciones 55 minutos (las cuentas no son mías, son de un grupo de señoras sentadas cerca), ya no podía ser mayor la plenitud de mi sonrisa, se encendió la luz de sala y los aplausos se hicieron patentes entre el público que se había puesto en pies.
Intermedio.
Entra entonces, con la fuerza que solo ella tiene, Adriana Varela. Secundada por su trío: un inigualable piano, un bandoneón exquisito y una guitarra exacta, cantó milonga tras tango, y tango tras milonga. Y así, mientras suscitaba melancolías y dichas, ha dicho gracias. ¡Con qué terror se ha recibido la palabrita!. ¡¡MALENA!! dió en pedir el público azorado, ¡¡MALENA!!.
- Está bien, me despido con Malena.
Y no se despidió con Malena, tras cantarlo cantó otro, y otro, y muchos más (desconozco esta cuenta) mientras confesaba su debilidad por "la gente colombiana".
Finalmente, se despidió entre promesas de regreso.



