Fui a ver El milagro de Bern, bella película alemana que cuenta de forma sencilla la historia de un pequeño de incontenible afición por el fútbol. Salí de Granahorrar, pues se proyectaba en el Av. Chile, y tomé un autobus, justo en frente. En el autobus se acomodaban aún un par de amigas, una de ellas llamó mi atención por su belleza inexplicable. Tomé asiento cerca de ellas, saqué Harry Potter and the Prisoner of Azkaban y leí.

Cerca de mi casa (un par de cuadras antes de llegar) ella tomó sus cosas, así que yo guardé mi libro y bajé del bus, guré media vuelta justo para encontrar su mirada y la mía en una sola, extendí mi mano, ella la tomó con una sonrisa que acaso aumentaba su indecible belleza.

Su suave mano sobre la mía apenas si apoyó su peso para bajar en un paso sutil como la brisa. Torné. Rota la mirada caminé adivinando su camino delante de ella, pero en la vereda opuesta. Caminé y observé las plantas de los jardines, inicialmente como excusa, luego seducido por sus formas. Le miraba de reojo sin hablarle, crucé la calle, seguía mirándole con discreción una vez por jardín. A media cuadra, desapareció.

Podría utilizar cientas de excusas por no abordarle, podría decir que una inseguridad inexplicable forzó mis pasos siempre delante suyo. Que mi interés no era suficiente; que solo era un juego. Que mi cobardía.

Lo cierto es que desconozco la razón. Quzá fue la solemnidad del momento, un recuerdo guardado sin mácula. Quizás barajé en los 2 infinitibles minutos los infinitos futuros que sucedían el cruce de la primera palabra, y no era favorable la estadística.

Giré a la izquierda, caminé y entré a mi casa.